Reconozco que todo tiene su fondo y que las horas a veces parecen una bandada de aves huyendo. Cuando se toca fondo parece haber llegado el final. Cuando se escapan las horas se invoca para que vuelvan.
Es el rebelde desorden que pugna por salir de mi mente lo que me incita a escribir sin modo ni causa y escribo con la esperanza de que las letras me muestren sus dientes, es mi fondo. Las invocaciones ignoradas son parte de las horas que huyeron.
Anoche soñé. Soñé que naufragaba mirando estrellas y me sentí dominado por una oscura sombra que cortante me besó. Todo fue negro y rojo en el momento de recibir el beso y mi lengua pareció cubierta de fieras llamas. Me arrastró el sueño a su profundidad.
Me he encontrado a mí mismo escuchando el monótono y repetido tic-tac del reloj. Lo escuchaba, me balanceaba y sonreía con satisfacción. Confundido he salido de tal ensoñación y he creído ver en el reloj a un vampiro que con su sonido me robaba la vitalidad. Ahora sé que el tiempo es extravagantemente feroz.
He salido a caminar y mis pasos me conducen por los mismos lugares de siempre. El viento deshoja los árboles y las hojas al caer parecen iniciar una danza; un reloj lejano canta la hora y esta huye sin ser retenida; el sol se embosca entre las nubes y cuando ya no lo esperas te asalta; los otros, los que pasan a mi lado, como siempre hacen que no miran. He salido a caminar, he hundido mis manos en los bolsillos, el viento sopla, el sol se esconde y la lluvia hace acto de presencia.
He ido fusilando el papel, dejando en su blancura trazos negros que forman el cuerpo de mis desvaríos, y a veces me pregunto por que lo hago.